22 de febrero de 2018

INNOVACIÓN GLOBAL 2018

Guillermo Dorronsoro me avisó ayer de la publicación del Global R&D Funding Forecast de la revista R&D Magazine, uno de los estudios más esperados del año. Un clásico desde 1959. La I+D global sigue creciendo, superando por tercer año los dos billones de dólares. Asia asume el 44% de la inversión mundial en I+D. El centro del mundo, a nivel demográfico, económico, industrial, tecnológico y científico, se encuentra ya en el triángulo que forman Shangai, Tokyo y Seúl. Estados Unidos, que acaparaba un tercio de la inversión global en I+D hace una década, ahora, pese a ser todavía el líder en esfuerzo tecnológico bruto, ejecuta poco más de una cuarta parte de la I+D mundial. Mientras, la inversión China alcanza el 85% de la americana. La proporción de I+D europea sigue cayendo, del 21,16% (2017) mundial, al 20,52% (2018). África, la gran olvidada, sólo es capaz de ejecutar el 0,92% de la I+D del planeta.

Más de 2/3 de la inversión en I+D se hace en empresas, entre las cuales destacan cada vez más las TIC. En los próximos diez años, se espera que la inteligencia artificial, la robótica avanzada y los sistemas de información transformen el panorama económico, las dinámicas de investigación e innovación, y la sociedad global en su totalidad. La carrera de I+D se acelera, con una previsión de incremento mundial de la inversión del 4,4% en 2018, frente al 3,4% de 2017.

En Europa, se consolida el modelo mittelstand (clústeres innovadores de pequeñas y medianas empresas, tecnificadas, especializadas y exportadoras). Alemania, Suiza y Austria son el máximo exponente de este modelo, derivada del capitalismo social nórdico. Austria se consolida como la última liebre europea, con una inversión en I+D/PIB que supera el 3% y se acerca a Suecia, y Japón. Francia parece resistirse a caer (2,24% I+D/PIB), mientras el Reino Unido queda ligeramente por detrás (1,75% I+D/PIB). España e Italia siguen hundidas en la pereza innovadora, y se acercan ya más a la zona de países emergentes que a la de renovadas potencias industriales. La I+D mundial está sufriendo un proceso de concentración: una cuarta parte está en manos de Estados Unidos. Casi la misma proporción, en manos de China. Japón, Corea del Sur y la Europa del Norte y Central asumen otro 25%. Hasta una cuarentena de países (entre ellos España, Italia, Irlanda, Chequia, India, Rusia, Canadá e Israel) se reparten el último cuarto. En los 150 países del mundo restantes, la I+D es casi inexistente.


Mirad el mapa. La burbuja China crece segundo a segundo. Sigue los pasos que Japón inauguró en 1945, y Corea del Sur veinte años después. El modelo asiático. En diez años, China será una inmensa bola en la posición en que hoy están Japón o Corea del Sur, asumiendo, si sigue el ritmo de desarrollo actual (y si nosotros y los americanos seguimos despistados), el 75% de la I+D mundial. 



18 de febrero de 2018

¿QUÉ HACE UN TESLA EN EL ESPACIO?

El 6 de febrero de 2018 marcó un hito en la historia de la innovación. SpaceX, la empresa fundada por Elon Musk (fundador también de Tesla) lanzó su Falcon Heavy, uno de los cohetes de mayor potencia que han existido, desde el cual se envió el Tesla Roadster rojo de Musk al espacio, camino del Cinturón de Asteroides. Si lo atraviesa, el vehículo de Tesla, y Starman, el maniquí vestido de astronauta que ocupa el asiento del conductor, se proyectarán hacia el espacio infinito, quizás por miles de millones de años. Les acompaña la música de David Bowie, “Vida en Marte”. Sigue los pasos del Voyager I, lanzado en 1977, que se encuentra ya en algún lugar tras la órbita de Plutón, equipado en este caso, con un viejo LP con la música de Chuck Norris, entre otros.

El Falcon Heavy recupera la mística de los años dorados de la conquista del espacio. Retomamos una de las mayores epopeyas humanas, uno de los episodios más gloriosos de la historia de la ciencia, la tecnología, y el liderazgo. Su lanzamiento es, en definitiva, una buena noticia para la ciencia y la tecnología: igual que las misiones Apolo despertaron el interés de la sociedad de la época, y generaron cientos de miles de vocaciones científicas y tecnológicas, SpaceX puede inaugurar una era similar, una nueva era espacial vinculada estrechamente a la cultura y a los iconos de la innovación del siglo XXI. Baste recordar las imágenes del Roadster en ruta hacia el infinito.

SpaceX está también revolucionando la dinámica de la innovación en sectores de altísimo riesgo como el espacial. Elon Musk ha demostrado que el sector privado puede pagar desarrollos de ingeniería de una envergadura tal que eran considerados hasta hace poco asequibles y atractivos únicamente para el sector público, por razones de estrategia nacional. Con esta lógica se desarrolló la carrera espacial, estimulada por la competencia entre EEUU y la URSS durante la Guerra Fría. Los estudiosos de la innovación considerábamos que las misiones espaciales sólo podían ser financiadas por el sector público, y que las externalidades que generaban, mediante mecanismos de compra pública, situaban a las empresas y organismos participantes en la frontera de la tecnología. Eso era cierto a nivel de subsistema, pero el proyecto completo quedaba en manos de las administraciones.  No había empresa capaz de conceptualizar y financiar una misión espacial en su integridad. Ahora, Elon Musk demuestra que el liderazgo y la financiación privada permiten desarrollar sistemas completos, como el Falcon Heavy, con mayor eficiencia que el sector público, y luego ofrecerlos a la administración pública, y aún generar beneficio con ello. Se inaugura el mercado del espacio. SpaceX fue la primera compañía privada capaz de transportar, recurrentemente, carga a la Estación Espacial Internacional (satélite artificial habitado, en órbita terrestre), aunque parte de la tecnología fue desarrollada inicialmente mediante “capital semilla” proporcionado por la NASA. En todo caso, SpaceX supone un interesante caso de estudio en las relaciones entre el sector público y privado en sectores de alta tecnología y alto riesgo financiero, y de desarrollo de un nuevo mercado en la frontera de la tecnología.


Pero… ¿qué hace un Tesla en el espacio? Más allá del indudable efecto de márketing, ¿es éste un paso más en la transformación de Tesla en una gran corporación multisectorial de alta tecnología, más allá de la fabricación de automóviles? Aunque SpaceX y Tesla son dos empresas diferentes, comparten el mismo fundador y el mismo CEO, el carismático Elon Musk. Y aunque Tesla es una empresa cotizada, y SpaceX todavía no ha salido a bolsa, algunas voces en el sector financiero llaman a una fusión entre las compañías. Tesla ya absorbió en 2017 SolarCity, especializada en energía solar. Ahora, algunos analistas consideran que la fusión entre Tesla y SpaceX generaría sinergias a ambas: Tesla accedería a unos cuantos miles de millones de dólares en cash de SpaceX, mientras que SpaceX diluiría su riesgo a largo plazo (inmenso, en el caso de las misiones espaciales), con un negocio de mayor recurrencia y estabilidad, la fabricación de automóviles (si finalmente, Telsa supera su manufacturing hell y es capaz de fabricar vehículos a escala, con relaciones calidad-precio similares a las de los automóviles de combustión). Personalmente, no creo que esa fusión, si se lleva a cabo, tenga éxito. Las sinergias son únicamente financieras: los negocios y las tecnologías de automoción y espacio, aunque parezcan próximos, son muy diferentes. Y, respecto a SpaceX, seguiremos con atención la nueva y apasionante era espacial que ha inaugurado.

11 de febrero de 2018

TRIPLE CAMBIO DE PARADIGMA

(Artículo publicado en La Vanguardia, el 11/02/2018)

Cada fin de año, el presidente chino, Xi Jimping, dirige un discurso televisado a su nación. Grabado en su despacho, es costumbre que los expertos en geopolítica analicen qué libros tiene Jimping en sus estanterías. No pasó inadvertido este año que, tras él, aparecieran dos best-sellers recientes sobre inteligencia artificial, The Master Algorithm y Life in the Smart Lane. El interés chino por la inteligencia artificial va más allá de la lectura: la construcción de un parque de investigación en Beijing, con una inversión de 2.000 millones de dólares es un paso más en el objetivo de convertir China en líder mundial en inteligencia artificial hacia 2025. China posee una ventaja única para el dominio de esta tecnología: océanos de datos provenientes de su inmensa población. El control de la inteligencia artificial está contemplado en su ambiciosa estrategia de innovación nacional. Entre sus planes de desarrollo económico, el país del dragón pretende, explícitamente, convertirse una “innovation nation” hacia 2020, en “innovation leader” en 2030, y en “potencia mundial en innovación científica y tecnológica” en 2050. Lo conseguirán mucho antes. Las grandes empresas digitales chinas, como Baidu, Alibabá o Tencent, están realizando gigantescos esfuerzos en I+D, al nivel de Google, Amazon o Facebook. Y 6 de los 10 principales “unicornios” (startups más valoradas del mundo) son ya chinos.

El concepto de “tercer mundo” ha dejado de tener sentido. China, un país que sufría hambrunas en 1960, invierte en I+D hoy más que la Unión Europea, y posee grandes clústeres de innovación como el hub biofarmacéutico de Guangzhou o el valle del silicio de Shenzen, la segunda área del mundo (tras Tokio) en generación de patentes. 800 millones de personas han salido de la miseria, y van directos a liderar el mundo en industria, ciencia y tecnología. Cada vez más países en menos tiempo, cruzan la frontera del desarrollo, superan la era industrial, y toman posiciones en la economía del conocimiento. Durante cientos de años, hasta el despertar industrial de 1750, el desarrollo económico mundial fue prácticamente negligible. En el siglo XVIII unas pocas naciones iniciaron la revolución industrial, originando un proceso sin igual de creación de riqueza que las hizo sobresalir por encima del resto. Durante los siguientes 200 años, se produjo un proceso de divergencia entre una pequeña élite de países industrializados, y una gran masa de países pobres. Nacimos en Europa, afortunados, bajo ese modelo, y creemos que es inmutable. 

Pero hoy, esta tendencia divergente se ha invertido. Durante los últimos 50 años, cada vez más países han saltado la barrera del desarrollo, sumándose a la liga de las economías avanzadas. La globalización, la digitalización y la innovación tecnológica están creando un triple cambio de paradigma debido a la superposición de tres factores. El primero es la convergencia global hacia un estándar económico único, al que se van sumando países emergentes. El segundo, la aparición de una nueva dinámica de desigualdad, que antes era horizontal (desigualdad entre países) y ahora, en la medida en que ésta se reduce, se convierte en vertical (dentro de los países). El tercer factor, conceptualizado por el profesor Brian Arthur, de Stanford, es el paso de una economía industrial (en la cual el reto era perfeccionar la competitividad, la productividad y la eficiencia), a una economía del conocimiento, digitalizada y virtualizada. A medida que las empresas incrementan su intensidad digital, más y más partes de las mismas se virtualizan. La tecnología crea una “segunda economía” digital, cada vez más productiva y autónoma. Según Arthur, estamos pasando de la Era Productiva a la Era Distributiva, donde la producción deja de ser un problema técnico, y el reto pasa a ser la correcta distribución de la inmensa riqueza creada.

La tecnología ofrece cada vez más soluciones a los problemas humanos. Estamos en el mejor de los momentos, en el mejor de los mundos posibles. Los indicadores de desarrollo son extraordinarios, en términos de caída de la mortalidad infantil, extensión de las democracias, sanidad, alfabetización del planeta (85% de la población mundial está alfabetizada) y erradicación de la pobreza extrema. Se crea riqueza a un ritmo jamás visto, aunque ésta no se distribuye con suficiente eficiencia: sólo ocho afortunados acumulan hoy la misma riqueza que media humanidad, en un rápido proceso de concentración (en 2016, eran 62 personas las que tenían el mismo patrimonio que los 3.600 millones más pobres). Sin embargo, el progreso agregado es extraordinario, y lo será más con más esfuerzo en I+D. La tecnología permite acceso a recursos a una escala impensable hasta hace poco. Baste decir que, cubriendo un 1,2% de la superficie del Sahara con placas solares de última generación, podríamos alimentar de electricidad a todo el planeta.


La capacidad innovadora determina el bienestar de las naciones. Según Bloomberg, los tres países más innovadores del mundo son Corea del Sur, Suecia y Singapur. Entre los diez primeros puestos ya no está Estados Unidos, cuya potencia científica y tecnológica decae. Seis de las economías más innovadoras continúan siendo europeas: Suecia, Alemania, Suiza, Finlandia, Dinamarca y Francia. Irlanda y Austria les pisan los talones.  El modelo europeo renace, y sigue siendo el más envidiable y equilibrado. ¿Y nosotros? ¿Somos conscientes del cambio de paradigma? ¿Estamos cogiendo el tren de la revolución tecnológica? Estoy seguro de que nuestros líderes, como en China, tienen planes estratégicos y objetivos claros de desarrollo de la inteligencia artificial, de extensión de las energías renovables, de impulso a la digitalización y de creación de competitivos ecosistemas innovadores. Eso espero. De ello dependen nuestras pensiones.

4 de febrero de 2018

SOBRE EL LIDERAZGO

Estos días he tenido un interesante debate con un grupo de alumnos. Explicábamos los diferentes principios de management que rigen cuando operamos en el núcleo de negocio, o salimos fuera del mismo para explorar nuevas oportunidades. La tensión entre explotación y exploración es un viejo dilema en management. El núcleo de negocio (core business) tiene fuerza gravitatoria, atraerá todos los recursos que intenten alejarse de su órbita. El ADN empresarial está diseñado para operar en el core, explotar el núcleo de negocio hasta la última gota de rendimiento. Núcleo que, al final, es la zona de confort: es terreno conocido, y seguro (al menos en el corto plazo).

Competir en el núcleo es como una guerra defensiva. Nos toca atrincherarnos, esperar los envites del enemigo, agachar la cabeza, y rezar para que las balas pasen por encima. Es guerra estática y de desgaste. Como los últimos de Filipinas, la estrategia es aguantar un día más, esperando que llegue el milagro. Por el contrario, salir del núcleo en actividades innovadoras tiene otros principios. Es el prolegómeno de la guerra ofensiva. Salir de la frontera organizativa y explorar nuevos territorios (nuevas combinaciones de producto y mercado, nuevas tecnologías, nuevos modelos de negocio) requiere un mindset explorador y aventurero.

¿Qué caracteriza al líder innovador? O, dicho de otro modo, ¿qué caracteriza a un líder? Porque ya hemos dicho muchas veces que el liderazgo está asociado a la innovación (o, como mínimo, al cambio). No se puede liderar sin cambiar nada (¿alguien puede liderar un conjunto de estatuas inmóviles? ¿alguien puede liderar un conjunto de rutinas fosilizadas?). Y no se puede cambiar nada sin liderazgo, sin energía emocional que traccione una organización (o una parte de ella) y la impulse a saltar sobre la frontera organizativa y aventurarse en terreno desconocido. Ese salto genera adrenalina, tensión creativa, crecimiento personal y nuevo conocimiento. Los antiguos griegos sabían algo de ello: motivar y emocionar tienen la misma raíz griega que “mover”. Nos motivamos y nos emocionamos cuando nos movemos. Cuando nos convertimos en estatuas organizativas, nos aburrimos y nos oxidamos.


Discutíamos con los alumnos las características del líder. Y el resultado fue sorprendentemente elegante: el líder tiene las “3 C’s”: Conceptualiza, Comunica y Convence. El líder debe imaginar nuevos horizontes, desarrollar nuevos conceptos (más allá del perímetro del core business). Debe, en definitiva, conceptualizar un nuevo escenario de futuro. Debe comunicar de forma inspiradora ese nuevo escenario. Y finalmente, debe convencer a su equipo, a sus stakeholders y a sus superiores de la bondad de ese nuevo futuro. Convencerlos para inducir su movimiento, para influirlos. Quien conceptualiza sin comunicar ni convencer suele plantear visiones irrealizables: es un soñador. Quien comunica sin conceptualizar ni convencer suele lanzar palabras vanas: es un charlatán. Quien convence sin conceptualizar ni comunicar suele hacerlo por la fuerza: es un déspota. Sólo quien conceptualiza, comunica y convence es capaz de motivar, emocionar y mover a sus equipos: es un líder.

28 de enero de 2018

SOBRE GANADORES Y PERDEDORES

Bloomberg ha publicado su ránking 2018 de países innovadores. Corea del Sur se mantiene en primera posición, seguida por Suecia y Singapur (que asciende tres puestos). Alemania pierde una posición (de 3er a 4º puesto). Entre los países pujantes están Japón (de 7ª a 6ª posición), Francia (de 11 a 9ª), Irlanda (de 16 a 13), China (de 21 a 19), e Italia (de 24 a 20). Entre los que descienden, Finlandia (de 5º a 7º), y EEUU (que abandona las posiciones de cabeza, bajando dos puestos, del 9 al 11). Finlandia, el gran caso de éxito en los 90 y primeros 2000, empezó a perder fuelle innovador durante la crisis de 2008, cuando el gobierno abandonó las políticas de inversión estratégica en I+D industrial, cautiva de los nuevos aires de la austeridad. Y en EEUU, Trump no parece demasiado interesado en las políticas de ciencia, tecnología e innovación. De hecho, la administración Trump ha sido hostil con la ciencia, dejando vacante durante meses la posición de director de la Oficina de Ciencia y Tecnología del gobierno, y recortando substancialmente presupuestos en ámbitos como cambio climático o salud, temas que parece que al inquilino de la Casa Blanca no le preocupan.


El modelo americano entra en declive, mientras surge con fuerza la innovación china, con iniciativas de gran calado, como la construcción de un nuevo mega-parque tecnológico en Beijing, destinado a la investigación y transferencia de tecnología en Inteligencia Artificial. El proyecto cuenta con un presupuesto de 2.100 millones de dólares. En el mapa de innovación se consolida el modelo europeo: 6 de los 10 países líderes en innovación son europeos (Suecia, Alemania, Suiza, Finlandia, Dinamarca y Francia). Los cinco primeros, con un paradigma de capitalismo social e innovación consorciada entre centros de investigación y empresa, típicos del norte europeo. Entre los 10 líderes, Corea del Sur, Singapur y Japón, como representantes asiáticos, e Israel, cuyo modelo es singular y mediatizado por defensa. Ganadores y perdedores en un tablero mundial donde el management se torna cada vez más tecnológico (Alemania y Japón son emblemas de este tipo de management), y la innovación tiene su centro de gravedad en el manufacturing digitalizado.

España se ha mantenido en la posición 29, muy lejos de su teórica capacidad competitiva (muy publicitada recientemente, y basada en sectores poco intensivos en tecnología y de estrategia de bajo coste). En paralelo al ránking de Bloomberg, estos días se ha publicado el Informe sobre la Ciencia y la Tecnología en España, de la Fundación Alternativas. Las conclusiones son demoledoras: en los últimos nueve años se ha reducido en un 30% la financiación pública de la I+D, cosa que ha producido un deterioro en la calidad y cantidad de publicaciones científicas, y una reducción del 60% en el número de patentes producidas. En torno al 50% de los fondos destinados a la financiación de proyectos conjuntos con empresas han quedado sin ejecutar. No se han gastado, posiblemente, por su mal diseño y su complejidad burocrática. No existe un plan a largo plazo para impulsar la investigación, ni mucho menos para integrarla con el sistema productivo, ni para transformar el mismo. Y todo ello no configura un problema político ni genera un debate social. Sólo el 21% de los españoles accede a noticias de ciencia a través de los medios de comunicación, muy por debajo de la media europea (41%). En el fondo, a nadie le interesa porque no existe conciencia de la importancia estratégica de la innovación en el desarrollo y bienestar de los países. Y, como no existe conciencia, no da votos.


Quizá el mensaje de la innovación deba entrar por otros canales. Deberíamos hablar de las consecuencias de la no-innovación. A lo mejor entenderíamos mejor cuál es el futuro que nos espera con gráficos como el que nos ofrece la OCDE: a la cabeza de las tasas de pobreza relativas. O como los datos de Oxfam Intermón: España es el tercer país más desigual de la UE. Pese a la recuperación del PIB, el 1% de la población más rica concentra la misma riqueza que el 70% de la población más pobre. Un trabajador con salario mínimo debería trabajar 71 años para ganar lo que gana en un año quien se sitúa en el tramo más alto. Desde el 2012, la productividad por hora trabajada ha crecido 10 veces más que el salario promedio, que es todavía un 15% inferior a 2009. Desigualdad, precariedad y fuga de talento. En eso sí que somos campeones absolutos.

21 de enero de 2018

SUPERSECRETARIOS PERSONALES

Sundar Pichai, CEO de Google, ha manifestado que “el impacto de la inteligencia artificial será comparable al que el fuego o la electricidad tuvieron en la humanidad”. Efectivamente, una ola de disrupción digital jamás vista antes está a punto de llegar. Será la culminación de un proceso de desarrollo tecnológico cuyo origen su puede trazar a la máquina de Turing, en 1936, considerada el primer procesador de uso genérico. La digitalización ha tenido una serie de constantes a lo largo de sus años de progreso: el incremento de la potencia de cálculo y de integración de componentes (anticipada por la famosa ley de Moore: cada dos años, aproximadamente, se dobla la capacidad de los procesadores), la miniaturización, y la mejora de la interacción con el consumidor. Así, de los grandes mainframes u ordenadores corporativos, se pasó al ordenador personal, al portátil y, finalmente al smartphone. Máquinas cada vez más potentes, más pequeñas y más adaptadas al uso humano. Con la inteligencia artificial, los dispositivos electrónicos ganarán nuevas prestaciones: aprendizaje autónomo, iniciativa (capacidad de toma de decisiones), inteligencia emocional e interacción cognitiva (con reconocimiento de imágenes, texto y voz).

Con todo ello, una nueva y sorprendente generación de dispositivos está a punto de llegar. Los smartphones derivarán en Asistentes Digitales Personales (ADPs), una suerte de secretarios-mayordomos electrónicos que nos ayudarán en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. ¿Qué podremos hacer con ellos? Dentro de muy pocos años, nuestros ADPs, por ejemplo, regularán autónomamente nuestra agenda: prepararán nuestras reuniones (virtuales o presenciales: en el primer caso, se ocuparán de conectarnos por video a la hora oportuna con nuestros partners). “Dialogarán” con los ADPs de nuestros colaboradores y colegas para ajustar calendarios y acordar el momento y temas de la reunión. Previamente, habremos hablado con nuestro ADP para pedirle agendar esa reunión (sí, “hablado”, textualmente: les teclados están en vías de extinción). “Necesito una reunión con Juan, Sara y Carlos para hablar de ventas. Es urgente. Acuérdala rápidamente con sus ADPs. Busca el último informe sobre ventas de la competencia y di que se lo lean antes”. Antes del encuentro, buscará y distribuirá la información preparatoria relevante. Una vez celebrada la reunión, nuestro ADP escribirá un acta de la misma y se ocupará de recordar los próximos pasos.

Nuestro ADP también revisará y seleccionará nuestros mails, eliminando los irrelevantes, contestando los rutinarios (él mismo, en texto, replicando nuestro estilo de redacción) y nos filtrará sólo los importantes. Previamente, habrá analizado cientos de correos para aprender (“entrenarse”) en nuestros patrones, y le habremos dado instrucciones (en voz) sobre qué tipo de mails queremos reservar para nuestra gestión propia. Cada día, nuestro ADP nos preparará un resumen (escrito o en voz) con las noticias más significativas. Nos recordará cosas importantes (como el cumpleaños de alguien próximo) y, en caso necesario, nos reservará un restaurante u ordenará la compra de unas flores. Mientras estamos en la oficina, el ADP se ocupará también del hogar: revisará el estado de la nevera, y ordenará la compra semanal. Si se ha estropeado la calefacción, pedirá a un técnico que venga.

Mediante su cámara (observando nuestra expresión facial), monitorizando nuestro calendario (horas de trabajo acumuladas), y analizando datos fisiológicos (como el pulso), nos anticipará posibles problemas de salud. Si no nos sentimos bien, a una orden de voz, reconfigurará nuestra agenda para liberar un par de días, y acordará una visita al médico (contactando con el ADP del mismo).

Nuestro ADP no sólo será un hiper-eficiente secretario que, de forma imperceptible, optimiza nuestra agenda a la velocidad de la luz, con las capacidades de un supercomputador. También podrá ser nuestro abogado, nuestro psicólogo, nuestro profesor o nuestro doctor. Le podremos consultar dudas jurídicas o médicas (al fin y al cabo, tendrá acceso inmediato a toda la información mundial). Le podremos pedir información personal (“¿dónde fue Pepe este verano?” -y rastreará el Facebook de Pepe para saberlo). Mientras estemos desayunando, o cuando vayamos al trabajo, le pediremos que nos explique por qué se inició la crisis de 2008, cómo se desarrolló la batalla de Waterloo, cómo funciona bitcoin, o que nos hable en inglés para practicar un rato. Mediante la cámara del móvil, podremos mostrarle esa mancha que nos ha salido en la piel para preguntarle si puede ser un cáncer. Si tenemos un viaje en ciernes, le pediremos que nos organice la ruta más adaptada a nuestros gustos (hoteles, restaurantes, museos…). Y quizá, si buscamos pareja, nuestro ADP contactará de forma autónoma con el ADP de aquella chica que vimos en el pub (cuyo ADP sabe que también busca pareja), y acordarán una cita (tras evaluar que nuestros perfiles encajarán).


Avatar digital (Soul Machines)
Y todo ello lo haremos mediante un nuevo paradigma de comunicación con la máquina, mediante voz, con interacción emocional casi humana. Podremos seleccionar el aspecto, temperamento, y tono de voz del ADP (veremos un avatar digital en pantalla, una persona). La podremos parametrizar tan sugerente y amable como deseemos. Le pondremos nombre (¿Raquel?). Y Raquel, mediante sus algoritmos de aprendizaje autónomo (machine learning) sabrá cada vez más sobre nosotros, y se irá adaptando progresivamente a nuestros gustos, hasta el punto de ser un fiel super-secretario electrónico, servil y omnipresente, que nos facilitará la vida hasta extremos difíciles de imaginar. Quizá, al final, incluso lleguemos a establecer algún tipo de dependencia o vínculo emocional con Raquel.

14 de enero de 2018

LA BURBUJA BITCOIN

Bitcoin es un sistema digital de transferencias económicas. Su nombre proviene de “bit” (unidad de información digital), y “coin” (moneda). Es, de hecho, una moneda digital que se enmarca en lo que se ha venido a llamar “criptomonedas”. Fue inventada en 2008 por un tal Satoshi Nakamoto, un personaje que jamás ha salido a la luz pública (se duda de que realmente exista). El nacimiento, puesta en práctica y filosofía de bitcoin entran dentro de ese entorno difuso de internet donde se mezcla ideología antisistema, misterio y épica de personajes que, al amparo de la red, actúan como corsarios de teóricas causas perdidas. Un entorno dado también a la conspiración y al fraude.


Bitcoin price (Source: Quartz)
Bitcoin es un sistema de pagos internacionales a través de una moneda virtual (que no es más que un conjunto de códigos en la red). Se sustenta en la tecnología “blockchain” (cadenas de bloques), un soporte de bases de datos compartidas donde las transacciones quedan registradas en una especie de hoja contable (“ledger”), cuyas copias se hallan distribuidas por la propia red, dificultando falsificaciones. El objetivo de bitcoin está claro: generar un sistema monetario paralelo a las regulaciones internacionales, que funcione en transacciones par a par (entre dos individuos o entidades) por acuerdo mutuo. Es como si en una familia, en una comunidad de vecinos, o en una ciudad, los habitantes se pusieran de acuerdo para abolir (en sus transacciones internas) la moneda de curso legal, y realizar las transacciones en monedas de Monopoly. Usted podría pagar el alquiler de su párking en esa moneda falsa, el coste del gimnasio, o el pan. Se crean así circuitos económicos paralelos a los regulados. No se le escapará que, operando de ese modo, también podría esquivar parte del sistema impositivo del país donde resida. Bitcoin es una versión escalada y digitalizada de los billetes de Monopoly. No opera en entornos reducidos, sino que la red le permite operar como sistema de transacción global. Esa noción romántica de escapar al control de las autoridades fiscales y monetarias es lo que hace atractivo bitcoin a ojos de algunas comunidades parasistema, o de aquéllos que (especialmente tras la gran recesión del 2008) perciben el sistema financiero real como una especie de confabulación al servicio del status-quo internacional.

¿Cómo bitcoin puede llegar a suplir un sistema monetario, sin una autoridad central? Los bancos centrales se ocupan, precisamente, de estabilizar monetariamente las economías. Si una economía tiene exceso de liquidez (exceso de moneda en circulación), genera inflación (subidas de precios). Si tiene defecto, genera deflación (desaceleración económica). En este último caso, los bancos centrales imprimen más moneda y la inyectan en la economía. En el sistema bitcoin, es el propio proceso interno el que regula la cantidad de moneda en circulación mediante un (también misterioso) algoritmo que permite a los agentes que quieran operar en bitcoins “fabricar” sus propios bitcoins (“minar” bitcoins en la terminología del sector). Un individuo o institución puede obtener bitcoins comprándolos en el mercado de bitcoins, o “minándolos” (obteniéndolos de la nada, como si los extrajera de la tierra, o como si los imprimiera, si fuera moneda convencional). Para “minar” bitcoins, se deben descifrar una serie de códigos de elevada complejidad, poniendo a prueba al agente que quiere fabricarlos. El sistema bitcoin se autoregula: si existen demasiados agentes intentando “minar” bitcoins, el grado de complejidad del descifrado de nuevos bitcoins aumenta, manteniendo constante el ritmo de generación y crecimiento de la moneda digital.

Si usted quiere comprar bitcoins (que, al final, son un activo digital), deberá bajarse una aplicación para entrar en el ecosistema bitcoin. El precio de compra dependerá del valor bitcoin en ese momento (que viene dado por las leyes de la oferta y la demanda, y por la cantidad de bitcoins en circulación -si están entrando nuevos bitcoins por “minado” o no-). En los últimos meses de 2017, bitcoin se revalorizó un 1000%, por el interés creciente que existe en esta criptomoneda, y la atención que los medios han puesto en ella. En el corto plazo, puede hacerse rico. Pero debe ser consciente de que sólo está comprando códigos digitales, activos virtuales sin un soporte regulatorio claro.


Puedo equivocarme, pero los sistemas monetarios son demasiado serios como para dejarlos en manos de personajes misteriosos con aureolas de Robin Hood, y algoritmos inciertos cuyo funcionamiento presente y futuro nadie acaba de tener claro. El prestigio del sistema financiero internacional ha quedado severamente dañado tras la crisis. Pero en bitcoin hay zonas oscuras. Se han dado rumores de granjas de minado masivas en China, asimilaciones a esquemas piramidales tipo Ponzi (como manifestó el banco de Estonia), o casos de uso no autorizado de ordenadores personales para minar bitcoins por parte de piratas informáticos (el minado precisa grandes capacidades de proceso de datos). Corea del Sur, un país “lead user” en tecnología, se está planteando prohibir bitcoin ante la amenaza económica que puede suponer para sus ciudadanos, si la fiebre se extiende como una bola de nieve. Y Warren Buffet, uno de los mayores genios financieros de nuestra época, manifestó hace pocos días que, con toda probabilidad, bitcoin llegará a un mal final.