23 de junio de 2017

LECCIONES DE CARLOTA PÉREZ

Post escrito por Jordi García Brustenga, a raíz de la visita de la profesora Carlota Pérez a Barcelona. La doctora Pérez es Centennial Professor de la London School of Economics y profesora de Tecnología y Desarrollo Socioeconómico en la Tallin University of Technology. Es una de las voces globales más autorizadas en economía del cambio tecnológico y en el análisis de su impacto. 

6 de abril de 2017. La Sala de Grados de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona llena hasta los topes. El proyecto TRINNO, en el marco del programa Interreg Europe, organiza una conferencia que acaba con unos aplausos que me recuerdan las buenas obras de teatro, haciendo salir al escenario los actores y actrices una y otra vez. Carlota Pérez nos ha dado una buena noticia, quizás por esto tantos aplausos. O quizás porque lo explica como si fuera un cuento de aquellos redondos, con una moraleja clara e inspiradora.

Nos dice sólo empezar que estamos como en los años 30 del siglo pasado. Era entonces y es ahora un momento histórico de oportunidad para nuestra sociedad, nuestra economía y nuestro planeta. Los últimos años han estado de crisis intensa, generada en su base por una revolución tecnológica e industrial que nos ha aportado una serie de nuevos conocimientos y tecnologías con el denominador común de las llamadas TIC. Esta digitalización nos transforma la manera en la que vivimos, consumimos y producimos bienes y servicios. Pero hasta la fecha esta revolución ha sido desordenada, desigual y forzada, como siempre hacen al principio las revoluciones tecnológicas. Y esto es porqué la nueva tecnología y sus aplicaciones han corrido sobre un mundo y una cultura construidos por la anterior revolución, analógica.

Cada vez que ha habido este desencuentro de nueva tecnología sobre viejo mundo, el proceso ha acabado históricamente en una burbuja financiera y una crisis global, que nos lleva, a la mayoría, a tocar fondo como personas, organizaciones, sectores y sociedad. Y la buena noticia a la que me refería al principio es que, también históricamente, hemos salido de estas crisis con una segunda época de la revolución tecnológica, llamada “época dorada”, en la que colectivamente somos capaces de extender los beneficios asociados a las nuevas tecnologías a la mayoría de la sociedad, ahora sí, de manera ordenada, reduciendo las desigualdades e involucrando a todos los agentes sociales y económicos en esta transformación.

En los años 30, mirado en perspectiva, la revolución tecnológica fue esencialmente eléctrica, química y automovilística. Su época dorada, que terminó con nuestra crisis, se basó en la producción y el consumo masivo de productos industriales, liderados por el coche utilitario y los electrodomésticos para un hogar significativamente más moderno. Tuvo como consecuencia la mejora de la calidad de vida de mucha gente, especialmente de una numerosa clase media que podía y debía comprar su coche, su nevera, su lavavajillas, etc., para su nueva casa lejos del centro de la ciudad. A la vez, este cambio de “estilo de vida” supuso un impulso brutal de la economía basada en la producción y venta en masa de estos nuevos productos estrella, imprescindibles de esa época dorada.    

Hoy estamos en una nueva oportunidad, como aquella, de empezar nuestra época dorada. En este caso, las nuevas tecnologías están llamadas a digitalizar nuestra vida, nuestro consumo y nuestra producción de bienes, servicios y experiencias. El nuevo estilo de vida es radicalmente mejor conectado, más colaborativo y menos consumidor de energía y recursos naturales. La estrategia, una vez más, pasa por desarrollar, de manera ordenada, inclusiva y participada, una transición hacia las nuevas nociones de sociedad y economía. La nueva vida digital nos debe aportar incrementos en la calidad de vida de la mayoría, un mucho menor impacto sobre el clima y el planeta y, también, un crecimiento económico transversal a muchos sectores, que genere empleo para toda nuestra población activa.

Esta nueva versión de actividad económica será necesariamente compartida entre humanos y robots (co-botización) y priorizará los servicios intangibles por encima de la producción de bienes tangibles. Veremos cómo se alarga la vida útil de los productos industriales, cómo crecen los sectores y las profesiones hacia actividades de mantenimiento y de personalización y mejora de la experiencia de cliente. Ésta es la gran oportunidad de nuestra generación, después de nuestra gran crisis. Tenemos, además, la posibilidad de aprender de la historia.

Finalmente, pero, Carlota Pérez nos indica que esta época dorada no vendrá sola, naturalmente. Necesitamos una clase política, empujada por la sociedad civil y coordinada con el sector empresarial, que ponga norte común hacia este nuevo paradigma de sociedad y economía. Alguien que nos explique la nueva “buena vida”, que quite los miedos a las consecuencias de las nuevas tecnologías (“¡que viene los robots!”) y que acompañe al sector empresarial en su digitalización a la vez que asegura un poder adquisitivo digno para toda la ciudadanía, seguramente replanteando la estructura fiscal y redistributiva. Si no existe este liderazgo, la alternativa es el populismo de vuelta al pasado, el proteccionismo basado en el miedo al exterior y al extranjero y el riesgo de nuevas crisis y, históricamente, de guerras globales.


Volviendo al inicio, la UB fue escenario de un mensaje positivo e inspirador para nuestro futuro. Ahora nos toca ponernos manos a la obra. Conversar, consensuar, aprender de lo que nos está pasando, escuchar al otro, integrar sus intereses y perspectivas. Y, juntos, dibujar cómo queremos vivir en las próximas décadas. Y cuando lo hagamos visionado colectivamente, incentivar la industria en la producción de bienes, servicios y soluciones que den respuesta a las necesidades y valores de este nuevo estilo de vida. ¿A qué esperas para convocarnos, político valiente y honrado, que aspiras a ponerte delante en esta nueva época dorada? Aquí nos tienes, degustando aún la buena noticia de Carlota.    

Jordi Garcia Brustenga

17 de junio de 2017

ESPAÑA: INNOVACIÓN AFRICANA

Esta semana se ha presentado el nuevo Informe COTEC 2017 sobre el estado de la innovación en España. El resumen ejecutivo viene encabezado con una frase que resume el conjunto: “lejos de Europa”. La inversión en I+D sobre PIB (el indicador “rey” de cualquier sistema de innovación) sigue cayendo, por quinto año consecutivo. Pese a que los datos absolutos de I+D se recuperan ligeramente, el PIB crece más rápido. Por tanto, la intensidad tecnológica de la economía, disminuye. Es difícil encontrar un indicador más claro de lo que todos percibimos en la calle: se recupera la economía, sí, pero volvemos a las andadas. Sol, playa, paella y sangría. Vuelve la fiesta del sector de la construcción. Se prepara una nueva orgía inmobiliaria, y eso de la invención, sigue, desde tiempos de Unamuno, en manos de otros. Según COTEC, “España se separa de la tendencia dominante de las principales economías de la zona euro y del resto de potencias consolidadas y emergentes”. El conjunto de la UE invierte un 25% más en I+D que antes de la crisis. La economía española, un 10% menos. Todavía no hemos recuperado el nivel de inversión en I+D de 2008. Una década perdida en ciencia, tecnología e innovación. El retroceso acumulado, según COTEC, “nos devuelve a la posición de 2004” en términos relativos a Europa. Es destacable la baja inversión de las grandes empresas, y, en cambio, el notable esfuerzo de las PYMEs, que parece que sí que empiezan a mostrar patrones similares a los europeos, y acuden desesperadamente a los fondos europeos para la innovación (ningún otro país de Europa tiene PYMEs tan eficientes en la atracción de recursos europeos). No es un consuelo: si buscan fondos es porque los necesitan, y no los encuentran (como deberían) en otras administraciones más cercanas. Al fin y al cabo, si Bruselas destina recursos, ¿para qué vamos a destinarlos nosotros?

Las grandes empresas, ni están ni se las espera. No obstante, ¿de qué nos extrañamos? Una mirada al ÍBEX nos lleva directamente a buscar pastillas antidepresivas: empresas constructoras, hoteleras, financieras, distribuidoras… Escasísimas excepciones de empresas que compitan en clave tecnológica. Da para una tesis doctoral analizar el tipo de tracción competitiva que estas empresas pueden ejercer sobre la economía, y la I+D que son capaces de desplegar. A todo ello se suma la gran visión estratégica de nuestros gobernantes, con recortes acumulados del 50% en las partidas de ciencia y tecnología, muy superiores a los anunciados (30%), pues se han puesto en marcha ineficientes instrumentos de soporte a la I+D, que no pueden ser ejecutados por su complejidad burocrática o por ser financieramente inadecuados a los fines que teóricamente persiguen (créditos garantizados para proyectos de alto riesgo tecnológico, en lugar de ayudas directas).

En España, el 52,5% de la inversión total en I+D la ejecutan empresas. Una proporción anormalmente baja (en Europa, es del 63,3%; en países líderes, como Japón, es del 75%). Eso no significa que el sector público haga un esfuerzo proporcionalmente muy superior (lo que parecería positivo, y podría entenderse a primera vista), sino que el esfuerzo del sector público es absolutamente ineficiente para estimular inversiones privadas (no existe el famoso “efecto multiplicador”, ni “matching funds”, ni “colaboración público-privada”, palabras largamente de moda en innovación). Digamos que cada uno va a lo suyo: las empresas, a seguir en el core business (sin estímulos extras para abordar proyectos de mayor complejidad tecnológica), y los centros de investigación a seguir investigando (con pocos o menos recursos, pero sin estímulos extraordinarios para trabajar con empresas). Además, casi la mitad del gasto empresarial en I+D lo ejecutaron PYME’s (en economías avanzadas, el 70-80% de esa partida la ejecutan grandes empresas). Como por aquí no abundan las grandes empresas tecnológicas, ni existen estímulos serios al crecimiento de sectores de alta tecnología (a partir, por ejemplo, de start-ups universitarias), tendremos que imaginar que algún día alguna inmobiliaria o banco decida filantrópicamente destinar algún recurso a la I+D. Mientras, nuestros hijos tendrán que ir esperando a ver si alguien pone alguna semilla de la futura industria del conocimiento que necesitaremos para sustentar un mínimo estado del bienestar. Aunque siempre podrán trabajar de vigilantes de la playa, o buscar fortuna en otros parajes. Por cierto, en esta nueva turboeconomía, el número de empresas que declaran realizar actividades de I+D es un 35% inferior al de 2008.

Parece que los nuevos tiempos no sólo nos traen el clima africano: también se acercan niveles africanos de innovación.


Mientras, el mundo sigue rodando: la World Intellectual Property Organization y la escuela de negocios INSEAD publican su informe anual de innovación global. Aquí tenéis el ránking de países líderes.




15 de junio de 2017

CLUSTERS GLOBALES DE INNOVACIÓN

La World Intellectual Property Organization (WIPO) acaba de publicar un interesante estudio sobre los clústeres globales de innovación existentes en el mundo. Un clúster es una concentración territorial de empresas y agentes relacionados que compiten y cooperan en un determinado ámbito económico. WIPO analiza los lugares de origen de las aproximadamente 950.000 patentes internacionales registradas entre 2010 y 2015, identificando los 100 principales clústeres de innovación del mundo (los emplazamientos de mayor densidad tecnológica del planeta). El primero de ellos es Tokio-Yokohama, con 94.079 patentes registradas en ese periodo. El segundo, Shenzhen-Hong Kong, con 41.218. El tercero, San Francisco (Silicon Valley), con 34.187. Tras ellos, Seúl (34.187), y Osaka-Kobe-Kyoto (23.512). Entre los diez primeros clústeres globales de innovación, 6 son asiáticos, 3 son americanos y sólo uno es europeo (París, en décima posición, con 13.461 patentes). Siete países concentran 4 o más clústeres: Estados Unidos (31), Alemania (12), Japón (8), China (7), Francia (5), Canadá (4), y Corea del Sur (4). España sólo tiene dos clústeres en el ranking: Barcelona, que se halla en la posición 52 (2.033 patentes); y Madrid, en la 61 (1.796 patentes). La presencia de compañías multinacionales es determinante. En Barcelona, el mayor productor de patentes es Hewlett-Packard (autora del 8,7% de las patentes registradas). En Madrid, es Telefónica (13,3%). En ambos casos, las universidades y centros públicos de investigación tienen un rol significativo: en Barcelona dichos agentes registran el 17’3% de las patentes mientras que en Madrid aportan un 25’7% del total. Valores muy elevados comparados con los clústeres líderes: en Tokyo-Yokohama, las universidades y centros de investigación sólo registran el 2’9% del total de las patentes. El resto, son registradas por empresas.

Pese a la buena noticia de un incremento reciente del 20% de exportaciones de alta tecnología en Catalunya, el sistema tecnológico de Tokyo-Yokohama genera patentes a una tasa 46’9 veces superior al sistema tecnológico catalán. Silicon Valley lo hace 17 veces más rápido. Beijing, 7’58 veces. París, 6’72; y Stuttgart, 4’75 veces. Catalunya debería tener mayor capacidad innovadora, evidenciada (entre otras cosas) en el número de patentes producidas, especialmente cuando su posicionamiento internacional como gran ecosistema innovador es excelente: el país es atractivo para el talento internacional, disponemos de capacidad creativa reconocida globalmente (con genios de la talla de Gaudí, Dalí o Adrià), larga tradición empresarial y capital industrial, un renovado impulso emprendedor (especialmente en los sectores de las start-ups digitales y biotecnológicas), un sistema científico capaz de competir con parámetros de excelencia global, y escuelas de negocio líderes. Los bloques constituyentes necesarios para sustentar una dinámica económica basada en innovación. Sin embargo, la inversión agregada en I+D sobre PIB sigue siendo baja, y la producción de patentes no despega, especialmente en el sector empresarial. Según Michael Porter, profesor de Harvard, la competitividad de las empresas depende de su estrategia individual, pero también de la calidad del entorno donde compiten. A nivel de estrategia individual, existen dos opciones básicas: ofrecer el mismo valor que los competidores, a un precio inferior; u ofrecer un valor diferencial, y obtener una rentabilidad mayor por ello. La primera opción (competir en precio) no es una estrategia aconsejable: siempre aparecerá un competidor anóxico, más resistente, capaz de hundirte. La segunda opción (competir en valor) significa desarrollar capacidades exclusivas, únicas, insubstituibles e inimitables que permitan huir de la competencia y navegar en mercados con márgenes más suculentos. Y en un mundo que genera tecnología a un ritmo exponencial, disponer de tecnologías propias es un factor de diferenciación imbatible: ninguna otra dimensión de la innovación genera barreras de entrada a la competencia similares a las que genera disponer un know-how exclusivo. De ahí la necesidad estratégica de la I+D, la innovación abierta con universidades y centros de investigación (fuentes de conocimiento ex-novo) y la protección de la tecnología (las patentes).

Pero que las empresas presenten un nivel comparativamente bajo en innovación es indicativo de que hay que mejorar también la calidad del entorno donde compiten. Hay que seguir desarrollando un sistema de innovación que actúe como tal: incrementar los incentivos empresariales a la I+D mediante fiscalidad favorable, créditos blandos, ayudas directas y programas de compra pública de alta tecnología, sin trabas burocráticas. Hay que mantener las inversiones estratégicas en infraestructuras científicas y tecnológicas (especialmente en los campos que sustentan la competitividad empresarial), y priorizar los grupos de investigación que trabajen en proyectos tecnológicos empresariales (de largo plazo y profundidad científica, no en meros proyectos de ingeniería). No es cierto que “nuestras empresas no sean innovadoras”. Nuestras empresas son tan innovadoras como la calidad de su entorno y el marco institucional lo permite. La economía es una ciencia de incentivos. Cuando el sistema de incentivos académicos se orientó a la publicación de impacto, nuestros investigadores empezaron a publicar al máximo nivel. Y cuando se disponga de un sistema de incentivos que fomenten la I+D empresarial, consorciada con universidades y centros de investigación, lo que ahora es extraño (cooperar) se convertirá en hábito, el hábito en rutina, y la rutina en cultura. Respecto a lo logrado hasta ahora, el esfuerzo es incremental, de última milla.  La alternativa: conformarnos con un país low-cost.

Artículo publicado en La Vanguardia el 11/06/2017


10 de junio de 2017

UN ROBOT, ¿PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA?

Katja Grace, una investigadora del Future of Humanity Institute de la universidad de Oxford entrevistó un total de 1.634 científicos de élite en el campo de la inteligencia artificial aprovechando una conferencia internacional sobre la materia, que se celebró a finales del 2015. Entre los asistentes, estaban los mejores expertos del mundo en esta tecnología. Grace buscaba saber qué campos de la economía y la sociedad sufrirían una mayor disrupción debida a la inteligencia artificial, y en qué plazo estimado se daría la sustitución de personas por máquinas.

Recientemente se han conocido los resultados. Según los expertos, los robots inteligentes superarán los humanos, rápidamente, en la capacidad de traducir lenguajes (hacia el 2024), escribir ensayos (2026) o conducir camiones (2027). Tardaremos un poco más viendo un robot con capacidad de interacción social (y de mantener una conversación), atendiendo en unos grandes almacenes (2031). Pero las máquinas serán capaces de escribir un best seller en el 2049, y de sustituir a los cirujanos el 2053. En esa época, los humanos también habremos quedado atrás en la capacidad de hacer investigación matemática, ante los propios algoritmos matemáticos. La fecha en la que los expertos esperan que los robots superen los humanos en la práctica totalidad de tareas (manuales y cognitivas) es hacia el 2060. Y dan por hecho que un lapso máximo de 120 años el mundo estará totalmente transformado por la inteligencia artificial y la robótica, que ejecutará todo el trabajo humano.

Las predicciones, obviamente, pueden fallar. No sólo siendo demasiado optimistas, sino también siendo excesivamente conservadoras. De hecho, para los expertos, la victoria de los algoritmos inteligentes sobre los humanos en un juego oriental de estrategia tan complejo como el Go tardaría aún 12 años. Pero se necesitaron sólo un par de meses, desde la conferencia donde se hizo la encuesta, para que un sistema de Google (AlphaGo) batiera al campeón mundial coreano. Esta misma semana, un AlphaGo mejorado ha ganado al nuevo campeón mundial (chino), de forma aún más rápida, más contundente y más brillante. Y el progreso en vehículos autoconducidos ha explotado en los últimos meses. ¿Podría ser que, mucho antes de lo que piensan los expertos, veamos algoritmos inteligentes en todas partes? Nuevas y fascinantes preguntas aparecen: ¿puede un robot escribir un best seller del New York Times? (los expertos así lo afirman). ¿Podría ganar un premio nacional de literatura? ¿O un Nobel de economía, o de química?


Nos espera una profunda reflexión sobre el rol de las personas en la sociedad, y sobre el modelo de relaciones entre humanos y sistemas digitales. No tendremos demasiado tiempo para la transición. El estudio muestra una elevada dispersión en las respuestas de los expertos. Curiosamente, los investigadores asiáticos ven mucho más cercana la superioridad de las máquinas sobre los humanos. Para ellos, la inteligencia artificial dejará en ridículo las capacidades humanas en la práctica totalidad de tareas (manuales y cognitivas) en sólo 30 años, mientras que para los expertos americanos, este plazo es mucho más largo (lo estiman en 70 años). Quizás Asia están viviendo una curva de aceleración tecnológica mucho más acusada que Estados Unidos o Europa, y por ello percibe con más intensidad la velocidad y las posibilidades del cambio tecnológico. Partiendo de una base de investigación casi inexistente hace poco más de una década, actualmente China ha apretado el acelerador de esta tecnología estratégica, y está ya publicando más artículos científicos sobre inteligencia artificial que Estados Unidos. Aunque se percibe que detrás de la nueva revolución de deep learning se encuentran los gigantes digitales americanos, China no es ajena al nuevo juego mundial. Baidu, Tencent o Alibaba, los monstruos tecnológicos chinos progresan en la investigación e incorporación de inteligencia artificial a un ritmo similar al de Google, Amazon o Facebook. La nueva Era de la Inteligencia tendrá ojos orientales.

(Artículo publicado originalmente en la revista digital Viaempresa)

5 de junio de 2017

TESLA: EL MOMENTO DE LA VERDAD

Toyota acaba de vender su participación en Tesla Motors, finalizando así un lustro de alianza estratégica entre ambas empresas. Los antiguos socios se convierten en competidores en la carrera por el vehículo eléctrico. El anuncio llega en el momento de la verdad para la joven empresa californiana: Tesla tiene previsto lanzar su Modelo 3 a finales de este año, fabricando junto con Panasonic las baterías del mismo, con la idea de producir 10.000 vehículos por semana a finales de 2018, a un precio mínimo de 35.000 $. Cuando se anunció este nuevo vehículo, en abril de 2016, Tesla recibió 276.000 pedidos durante la primera semana.

Tesla se ha convertido en el Apple de la automoción (a la espera de que Apple lance su propio modelo de automóvil), y su fundador, Elon Musk, en el nuevo Steve Jobs. Las acciones de la compañía se han revalorizado un 60% en 2017, y un 1.670% desde su salida a bolsa en 2010. Su capitalización (más de 50.000 millones de dólares) supera la de Ford, General Motors o Fiat-Chrysler. La empresa de Silicon Valley se ha rodeado de un aura mítica de innovación, tecnología y sostenibilidad. Elon Musk vende también el noble sueño de liberar al mundo de gasolina. Y, contrariamente a los modelos teóricos sobre innovación disruptiva del padre de este concepto, el profesor de Harvard Clayton Christensen, Tesla hace una brecha en la industria del automóvil a través del segmento más elevado. Su Modelo S, del cual se han vendido más de 150.000 unidades, es un sedán de lujo. Sorprendentemente, una tecnología todavía inmadura vendida a precios estratosféricos en un envoltorio futurista pensado para George Clooney.

Pero la empresa es todavía una gran promesa repleta de expectativas. Un pulgarcito en un mundo de gigantes. Mientras las unidades vendidas de la compañía californiana no llegaban a cifra de 80.000, sus competidores se situaban por encima de los 2.000.000. La cuota de mercado de Tesla en EEUU no llega al 1%, según Business Insider. Tesla se enfrenta al enorme reto de fabricar en masa en un mundo dominado por grandes marcas que llevan un siglo mejorando obsesivamente su eficiencia productiva hasta el límite de lo posible, en una industria que ha sido el paradigma de la competitividad global y de las economías de escala. Y, si Tesla fue la pionera, hoy la práctica totalidad de gigantes del automóvil tienen planes de invadir el segmento de electromovilidad. Sabemos que tras una ola de innovación en producto (como la protagonizada por Tesla) viene una invasión de nuevos entrantes (las viejas marcas, en este caso), y la emergencia de uno o unos pocos ganadores a caballo generalmente de una nueva ola de innovación de proceso. Una vez bien definido el producto, gana quien lo fabrica de forma más eficiente y accesible para el mercado masivo. ¿Estará Tesla a la altura en la preparación de procesos productivos de fabricación en masa? ¿Será capaz de mantener las expectativas creadas en el pequeño segmento de lujo, y transferir la misma experiencia de consumidor al gran mercado? Los antecedentes no son prometedores: los Modelos S y X tuvieron problemas de fabricación (“el infierno de la producción”, según Musk). En 2016 un cliente murió mientras su Modelo S conducía en modo automático. Y queda por resolver la recarga de la batería: se deben abordar inversiones masivas en instalaciones de carga rápida (Superchargers).

Una vez demostrada la solvencia tecnológica de sus baterías (aunque depende de Panasonic para fabricarlas), Tesla debe abordar la producción en gran serie y asegurar la experiencia del consumidor, que espera en gamas inferiores una percepción de calidad, fiabilidad y alta tecnología similar a la de los modelos de lujo. El esfuerzo es estratosférico: más de 10.000 millones de dólares. en I+D invertidos desde 2014, según Bloomberg, con un cash-flow negativo a final de 2016 de 970 millones, mientras se intensifica la competición en todos los frentes del vehículo eléctrico.

Hace una década, la estrella del sector del vehículo eléctrico era la start-up Better Place. Fundada también por un carismático emprendedor, Shi Agassi, prometía “un mundo mejor”, libre de combustibles fósiles. Su propuesta de valor pasaba por adquirir vehículos eléctricos sin asumir el coste de la batería (que sería propiedad de Better Place), y cambiarla cuando estuviera agotada en estaciones de cambio rápido desplegadas por Israel (país que “compró” el modelo e invitó a Agassi a establecerse allá). Atrajo más de 850 millones de dólares de capital privado, en medio de una ola mediática de sobreexpectativas. Intentó atacar el mercado masivo mediante una alianza con Nissan. Pero la experiencia de consumidor fue nefasta: sólo existía un modelo disponible, que se lanzó cuando todavía no se había desplegado una red suficiente de estaciones de cambio. La empresa cerró puertas en 2013.

Según algunas encuestas, los compradores en lista de espera del nuevo Modelo 3 de Tesla son mayoritariamente usuarios de Toyota, clientes acostumbrados a la fiabilidad nipona. Tesla debe ser capaz de mantener o superar la percepción de calidad de los viejos competidores japoneses. Si se comenten errores de fabricación, el producto no supera las expectativas en calidad/precio (y éstas son muy altas, fijadas en el segmento de lujo por la propia estrategia de introducción de Tesla), o la experiencia de consumidor en la recarga de baterías no es apropiada, Tesla puede seguir el camino de Better Place. Aunque quizá, si las barreras de entrada por escala al sector del automóvil son demasiado elevadas, Tesla “pivotará”, cambiará de sector, y se convertirá en el mayor proveedor mundial de baterías eléctricas renovables.